"Domingo de Perros"

on domingo, enero 31, 2010
Estos 3 bodoques son la "Felicidá" de mi hogar y ya hablando en "serio" quienes me dan el amor más incondicional.

Pues hoy es Domingo, mañana es día festivo (al parecer no trabajamos) y mientras se cocina el post del próximo Lunes, les dejo unas fotos de mis cachorros, para que vean como ha crecido "Roquecito Rococó" (como le digo yo de cariño para que se "vuele" todo).

En todos estos meses en general han estado bien, sólo "La Negra" está enferma de los ojos... Ojalá se aliviane porque si me preocupa mucho y ya no sé que hacer (ya he visto 3 veterinarios distintos y nomás no le atinan).

El caso es que estas fotos son para complacer a los fans (o sea los 3 lectores del blog) quienes desde hace tiempo me pidieron que subiera fotos de estos 3 bodoques gordos y orejones que son la alegría de mi hogar....

Padre e Hijo en la hora de los "arrumacos".

¿Me rascas la panza?...

"Fumando espero"... haber a que hora te dignas ¿eh?...

¡Arghhhh! ¡Ráscame la panza yaaaaaa!!!

... Bueno pues, si no quieres no...

En vista del éxito no obtenido... Mejor me levanto...

¡Que "emochos ojitos"!

¡Y que emochoch "Dientitos"!!!


Roquecito Rococó, en esta foto parece que no quiebras ni un plato, pero la realidad es que Eré un "Abusadorcito"...

Él es el único que se queda quieto a la hora de las fotos.

¿Esa cajita con luz que traes en las manos servirá para jugar o se podrá comer?


"Petreando" haber quien sale de la casa y si trae comida.

¡Ya me cansé de jugar y me quiero meter!


Poncho siempre atento a quien llega y quien se acerca a la casa.



La Negra en la "fodonguez" total... Todas las cosas se parecen a su dueño.


No pueden estar 5 minutos juntos sin pelearse...


¡Córrele Papá que no alcanzamos a salir en la foto!!!

"Dios Vuelve en Una Harley" (intento de audiolibro)...

on jueves, enero 28, 2010

Este es un libro que lleva conmigo muchos años... La primera vez que supe de su existencia, fue a través de Tere, una de mis amigas de toda la vida. Creo que fue en alguna ocasión en que íbamos de camino a casa de otra amiga en común y en el trayecto ella me empezó a hablar acerca de lo que trataba esta historia.

De entrada, lo primero que me llamó la atención fue eso, que hablaba de Dios, como un personaje más real y cotidiano, una manera muy parecida a la que desde siempre me ha gustado imaginarlo a mi.

Aunque el título nunca se me olvidó, pasaron algunos años, y el libro lo encontré un día en Sanborn's (una tienda que tiene librería y a la que disfruto mucho ir) y sin dudarlo, en cuanto lo descubrí en el estante, lo compré.

Dicen que los libros te llegan, cuando lo que contienen es algo que necesitas y es el momento adecuado para que tú lo leas... Pues bueno, al poco tiempo conseguí la segunda parte y desde entonces las dos partes de esta historia escrita por Joan Brady han sido básicas para mi.

Hace algunos pocos meses, pensando en un regalo especial para alguien a quien quiero mucho, se me ocurrió que si no podía enviarle el libro, por lo menos se lo podía leer y empecé a grabar uno a uno cada capítulo y el resultado es este.

Evidentemente estos audios distan mucho de lo que puede hacer la gente que en realidad se dedica profesionalmente a esto... Así que sorry por mi tono de voz de "Merolíco", pero la idea era hacer un regalo especial que sirva para un día que el alma y la mente sólo necesiten distraerse, y que mejor remedio para eso, que una historia distinta.

El regalo sigue teniendo dedicatoria especial, pero pienso que no es mala idea hacerlo extensivo y compartirlo también con la gente del blog....

Voy a tratar de subir un capítulo completo cada semana y pues bueno, espero que esa persona a la que va dedicado en forma "especial", le guste; mientras que para el resto de la gente que me acompaña desde siempre en "Páginas Sueltas y de Colores" ojalá también lo disfruten.



















¡Buen Fin de Semana!!!, gracias por tomarse el tiempo para escuchar el primer capítulo de este intento de audiolibro.

Carta para alguien que aún no llega...

on miércoles, enero 27, 2010

Aún eres muy pequeño para leer esta carta y tal vez tendrán que pasar algunos años para que puedas hacerlo por ti mismo; pero aún así, me gustaría contarte como fue el día en que Dios decidió que sin haber llegado todavía, tú eras ya un regalo de amor y de fe.

Tal vez dentro de algún tiempo (en un futuro no muy lejano); para dormirte, le pedirás a alguno de tus padres que te cuente, tan sólo una vez más, la historia de ¿cómo fue que llegaste hasta aquí?

Preguntarás muchas veces: ¿Por qué no recuerdas nada?, pero te dormirás imaginando... Tratando de recordar: ¿de qué tamaño eran tus alas?, ¿por qué no pudiste traerlas contigo? ¿o cómo se veían las cosas desde arriba?, en el instante mismo en que el cielo se abrió y esa escalera luminosa por la que tú bajaste; aquí sólo la vimos como un mágico rayo de sol.

En este momento, mientras tu duermes ya con el traje que en "el salón de las almas" te vistieron, desde un lugar seguro y cálido, esperas y sueñas todavía... Te escapas para seguir jugando a deslizarte sobre el cielo montado en estrellas fugaces; o recolectas para llevar como parte de tu equipaje, polvito brillante de los cometas, y que a tu llegada a la tierra (cuando ya seas un niño), se transformará en todo lo que quiera tu imaginación.

Por eso es importante guardarte una carta, aunque aún no llegues... Para contarte que mientras tú venías en camino, la sola idea de tu presencia, cambió el futuro en un instante.... Llenaste de fe lo que antes se veía incierto.... Te convertiste en punto de partida y en el motor más importante que dos personas tienen ya, para intentar cada día ser mucho mejores de lo que fueron hasta hoy.

Muchas cosas tendrás que aprender, pero para eso ya habrá tiempo... Por lo pronto te esperan las paredes de una casa nueva para que con crayones dejes indicio de la pequeña forma de tus manos, y también un perro noble e inquieto, que sin dudarlo, en cuanto te conozca será tu compañero y cómplice perfecto para idear travesuras.

Tú no lo sabes, pero serás capaz de darle forma a la ternura a través del brillito de tus ojos; tal vez quienes te esperan (y por cierto ya te aman aún sin conocerte); no imaginan todo lo que tú también serás capaz de enseñar y regalar...

Falta todavía algún tiempo para tu llegada... Pero mientras la espera transcurre y tú recorres el camino (de seguro tomado de la mano de tu abuela), es importante que sepas que aún sin haber llegado ya eres bienvenido, y además de tus padres, existe mucha gente que ya te está esperando aquí.


"Eres Todo Menos Azar" / Ciudad Acústica (2007) / Track 11.




"Eres Todo Menos Azar"
-Hernaldo Zúñiga-

No fue fácil de digerir
la noticia me dejó sin habla
nunca hay tiempo para elegir
si dos cuerpos buscan ser unidad.

Pasaron 36 semanas largas
poco a poco, te vi moldear,
los pechos y ese vientre suspendidos,
desafiando la gravedad.

Hubo noches que no dormí
tu venida la encajaba muy mal,
miedo a secas, miedo sentí
por ser débil y sin ganas de anclar.

Por fin en una madrugada fría
entre aguas te vi salir
mirar tu cara me aclaró la duda,
eres todo, menos azar.

Y la casa se nos llenó
de sonidos y olores nuevos
un milagro de leche y sol,
un planeta nuevo en el corazón.

(Coro)
Eres todo, menos azar.

Y de tu risa, niño, la ternura más brutal
y de tus manos, niño, la genuina libertad
y de tu llanto, niño, el amor sin remendar
y de tus ruidos, niño, música para gozar
y de tu aroma, niño, un imán que sé besar
y de tu tacto, niño, mi alimento natural.

"Remembranzas Fantasmagóricas" (Parte XIV).

on lunes, enero 25, 2010

Faltaba un cuarto de hora, para que dieran las 7:00 am; cuando unos pasos enfundados en unas zapatillas negras cruzaron el pasillo central de marmol de la Catedral de Puebla.

A pesar de ser las primeras horas del un día ordinario, algunas de las bancas del templo ya se encontraban ocupadas por feligreses, quienes arrodillados en los reclinatorios de madera, buscaban una solución a sus problemas terrenales en forma de respuesta a sus plegarias.

Adentro de ese recinto, todo era silencio; así que por eso eran perceptibles en todos los rincones, los sonidos que caracterizan a un inicio de día: El trinar de los pájaros que anidaban en los árboles y recovecos cercanos, así como la segunda campanada en señal de preludio de la primera misa de esa mañana.



Pareciera que no, pero a esa hora, las aflicciones del alma también apremian; por eso, la poseedora de esas zapatillas de raso oscuro atravesó el camino central a toda prisa, y tras detenerse tan sólo por un instante frente al altar -con la única intención de santiguarse en señal de respeto y reverencia hacia "El Santísimo"- (que se encontraba ya expuesto), dobló hacia la izquierda y puso así fin a ese andar apresurado; justo a la entrada del confesionario que se encontraba muy cerca de la puerta del pasillo que conectaba a la iglesia con la casa parroquial.


El Sacerdote ya estaba dentro de ese mueble de madera en el que hombres y mujeres por igual, en pleno secreto de confesión intentaban expiar sus culpas.

En cuanto el tablón de madera crujió como indicio inequívoco de que alguien estaba ya arrodillado en el exterior del confesionario. Entonces la portezuela se abrió.

- Ave María purísima...-
- Sin pecado concebida Padre.-
- Y bien... Dime hija, ¿cuáles son tus pecados?-
- Me acuso Padre, de no tener el valor para revelar una verdad acerca de una persona que no es como todo mundo piensa.-
- ¿Y por qué no lo haces, ¿peligra la vida de alguien?... Sólo en el caso de que no sea así, tú misma estás incurriendo en pecado mortal por omisión...-
- Lo sé Padre, pero a pesar de que es tanto el daño que esta persona ha hecho, ya ha pasado mucho tiempo, y temo que la persona que lo debe saber no me crea...-
- ¿Y por qué no lo intentas?-
- Porque tengo miedo Padre, ¿qué tal si resulta que esa persona ya lo sabe y entonces me doy cuenta que ella tampoco era como yo creía... La sola idea de pensar que esto que yo me he callado, ella lo ha sabido durante todo este tiempo y no me lo ha dicho, me llena de rabia y los odio a los dos.-
- Hija, yo creo que tu problema va mucho más allá de el hecho de si debes o no revelar esa verdad; más bien tú no estás en paz contigo misma...-
- ¿Entonces qué puedo hacer Padre?-
- Recuerda que no es bueno odiar, anda ve a tu casa y como penitencia te dejo que reces 10 aves Marías antes de dormir... Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo...-

La mujer salió de la capilla, más desconcertada que aliviada, definitivamente un Sacerdote estaba muy lejos de entender ese sentimiento que le provocaba una opresión en el pecho y Dios era testigo de que durante mucho tiempo había intentando perdonar a aquel hombre del que habló en el confesionario, pero todo era mucho más complicado por el simple hecho de que ahora estaba involucrada su Mejor Amiga.

Al llegar a la puerta principal y atravesar el umbral que separaba a aquel recinto religioso de la calle, la mujer se despojó del chal que cubría su rostro y gran parte de su cabeza, para entonces dejar que el viento tibio de la mañana terminara un poco con la formalidad con la que había acomodado sus cabellos al amanecer, poco antes de salir de casa.


A pesar de que su rostro era hermoso, su mirada -si alguien se hubiera fijado en eso- se percibía demasiado triste y mientras caminaba de regreso a su casa, una pequeña ave que llevaba en el pico un trozo de rama pequeña y pasó de pronto volando muy cerca de ella, la asustó por lo repentino y cercano de su contacto, sacándola de golpe de sus propias abstracciones.

Cuando eso sucedió, por inercia ya no pudo dejar de verla y la siguió con la mirada hasta que el ave fue y se posó en un árbol cercano, tras el cual sobresalía el fondo de una plaza y más allá de eso una perspectiva impresionante de la ciudad sobre la cual el nuevo día se estaba extendiendo.

Era tan impresionante la vista, que aquella mujer, que no era otra más que Verónica, se quedó maravillada ante semejante visión y en especial cuando descubrió un pequeño haz de luz que se filtraba entre un montón de nubes... Cada rayo era como una escalera al cielo y pensar en eso inundó su alma de una infinita paz.

Entonces comprendió que la solución la tenía ella misma y si de verdad quería aliviar el peso que llevaba por dentro, tenía que hablar con la verdad, aunque eso implicara tener que asumir las consecuencias. En todo ese tiempo en que prácticamente huyó para evadir su responsabilidad, la pasó muy mal por el simple hecho de que no hizo lo correcto.

En ese momento y en ese lugar, decidió lo que no había tenido el valor de hacer desde hacía mucho tiempo. Dejaría la casa de sus padres y volvería a la suya lo antes posible para buscar a su amiga: pero por lo pronto tenía que avisarle o hacerle saber de alguna forma que necesitaba hablar de un asunto importante con ella, así lo haría y estaba decidida: al menos así materializó ese deseo, en el instante en que con gran determinación, llegó a casa de sus padres, y luego de cerciorarse de que su pequeña hija estaba en buenas manos, se encerró en una habitación de esa casa que para ella había sido muy importante en el pasado, para desde ahí empezar a desahogar a través de una carta toda esa verdad que ya le era imposible callar más….

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Esa misma mañana, pero a cientos de kilómetros, Margarita quedó maravillada por la hermosa vista al pie del cerro del “Capulín”, justo cuando el carruaje en el que viajaba al lado de su prometido, estaba a punto de tomar la avenida que llevaba con rumbo al Castillo de Chapultepec.

Aquella mañana tanto ella como Fernando habían llegado hasta ahí para atender a la invitación que el General Porfirio Díaz les hiciera extensiva unos cuantos días previos (tanto a ellos como a otro grupo de personas) durante la gala para celebrar la entrevista con el Presidente Taft.

Esa noche, con el pretexto de disfrutar todos juntos de la “proyección” de las imágenes tomadas apenas unas cuantas semanas atrás por los Hermanos Alva (en tan importante acontecimiento), el mandatario, se comprometió a organizar una tertulia en la que el cinematógrafo sería el principal atractivo. La cita, tendría lugar en aquel castillo que la Familia de El General (a pesar de tener su residencia oficial en la Casa No. 8 de La Calle Cadena), usaba como casa de campo en la siempre cosmopolita Ciudad de México.

El General Porfirio Díaz y su familia.

A estas alturas del partido, tanto Fernando como Margarita sabían que ninguno de los dos eran partidarios de las fiestas superficiales que con tanta frecuencia eran organizadas por el círculo de personas que pertenecían a la selecta clase social -de la que para bien o para mal, ellos dos formaban parte- pero aún así, esta vez era diferente y Fernando supo que no se había equivocado en invitar a Margarita para que lo acompañara como su prometida, para atender a esa invitación del General Díaz, porque estaba más que seguro que ese viaje, además de unirlos todavía más, sería una oportunidad perfecta para que ella, con el pretexto de acompañarlo, conociera y aprendiera cosas nuevas.

Fernando sabía que su prometida era una mujer muy inteligente, a la que a diferencia de otras chicas de su clase, (a quienes lo único que les importaba era conseguir un “buen partido para casarse”), ella poseía un espíritu osado y curioso que la llevaba siempre a cuestionar y a tratar de aprender sobre diversos temas que en esa época estaban reservados casi de modo exclusivo para los hombres.

Margarita no sólo era una chica con un bagaje cultural muy elevado, sino que además tenía ideas propias y un criterio que se había formado a raíz de procurar estar siempre al tanto de todo cuanto sucedía a su alrededor; pero sin duda alguna lo que a Fernando lo había cautivado, era que a pesar de ese grado de intelectualidad, Margarita seguía siendo una chica sencilla que no perdía la capacidad de asombro, y eso era algo que a él lo tenía fascinado y propiciaba al mismo tiempo que se sintiera cada vez más atraído hacia ella, puesto que eso era algo que él jamás había percibido en ninguna otra mujer, y por ende, ante sus ojos la volvía todavía más especial.


No dijo nada, pero no pudo evitar sonreír cuando se dio cuenta que al ir subiendo la carreta por la colina que llevaba directo a la entrada principal de El Castillo de Chapultepec, sin despegar el rostro de la ventanilla, Margarita iba totalmente inmersa en la belleza del paisaje.

Fernando disfrutó mucho descubrir una chispa de entusiasmo en el color oscuro de sus ojos; y le pareció aún más hermosa que nunca, porque parecía una niña traviesa cuando de vez en vez volteaba a verlo para compartirle entusiasmada la emoción que le producía descubrir todo cuanto había en los alrededores del castillo.

Permaneció unos minutos así, y todavía mientras el carruaje en que viajaban iba ascendiendo, Margarita se retiró de forma repentina de la ventana e hizo algo que a Fernando le sorprendió: Fue, se sentó al lado de él, sacó de una especie de morralito (que siempre cargaba para todos lados), su eterna libreta de dibujos y algunos lápices de carboncillo; y con toda la intención de compartirle las ideas generadas por la emoción que estaba experimentando, comenzó a bocetar los primeros trazos de un dibujo en el que se proyectaba la edificación a la que estaban a punto de llegar.

Fernando no dijo nada, se limitó a escuchar con atención todo lo que ella le decía, y además de parecerle fascinante la forma como ella hablaba de algo que era evidente le provocaba entusiasmo, él se dio cuenta (desde el instante en que no dudó en sentarse al lado suyo y romper así el “protocolo” de la distancia permitida entre una pareja, y además explicarle cada cosa mirándolo a los ojos), de que Margarita además de tenerle confianza, se sentía cercana a él ya.

En silencio agradeció por eso y pensó –sin decirlo- en que era un hombre afortunado, pues en otro tiempo, y si hubiera sido otra mujer quien en ese momento lo estuviera acompañando, muy probablemente estaría más preocupada por su apariencia, y con toda seguridad habría dejado pasar la oportunidad de disfrutar del paisaje por ir concentrada en la cantidad de cosméticos guardados en el interior de un “neceser”.

Margarita interrumpió su diálogo, cuando se dio cuenta que durante todo ese tiempo ella acaparó por completo todo ese espacio en el que podía haberse dado una buena conversación… Se sintió apenada e incluso se ruborizó cuando descubrió que Fernando no había dejado de verla con unos ojos que reflejaban una dulzura que la estremecía y que la hacían sentir algo especial, pero al mismo tiempo extraño, tal y como si flotara, fuera de lugar.

Si hubiera sido más valiente, le habría sostenido la mirada, pero junto a él se sentía tan bien mostrarse tan frágil y vulnerable que se limitó a desviar su mirada mientras se distraía jugando con el cuello de su camisa y le preguntaba al mismo tiempo: ¿cuál era el motivo por el que le sonreía así?

Fernando le tomó las manos, aprisionándolas con delicadeza junto a las suyas y luego de besarlas con toda la calidez y respeto que le fue posible, le acarició el rostro y mientras la miraba otra vez directo a los ojos se limitó a decirle que era simplemente porque le causaba emoción que ella hubiera podido acompañarlo en ese viaje y justo en ese instante estuviera ahí junto a él.

La piel de ella se erizó cuando posterior a decir esto, un silencio se abrió en ese espacio en el que los rostros de ambos estuvieron frente a frente y se veían reflejados, uno en la mirada del otro… Ella deseaba con todas sus ganas que le diera un beso, y Fernando, aunque ansiaba lo mismo, sabía que a veces uno solo no es suficiente, y conociendo de antemano el camino (y el hecho de que ya estaban muy cerca de El Castillo), le costó trabajo, pero al final logró ser el caballero lleno de prudencia, que la razón le dictaba ser.

Margarita era una mujer demasiado valiosa, como para dejarse llevar por un simple arrebato… Así que el beso apasionado que estaba destinado a sus labios, terminó por plasmarlo con toda la delicadeza del mundo en su frente; para luego, envolverla entre sus brazos para que a pesar de todo permaneciera cerca.

Fue así, como durante el resto del trayecto, Margarita sintió que aquella primera visita al Castillo de Chapultepec era como un sueño en el que Fernando, sin dejar de abrazarla le explicaba cada cosa que iba apareciendo a través del cristal del carruaje en movimiento.

El joven doctor le habló de la historia de ese lugar, desde la época en que Moctezuma Ilhuicamina, fue el primer gobernante que construyó en Chapultepec un palacio para su residencia.

Desde el punto en el que ellos continuaban su camino en ascenso hacia el lugar donde la familia del presidente los recibiría, Fernando le explicó que no era visible un área donde en otro tiempo existieron unos manantiales de agua natural (en los que no sólo quien era emperador de los aztecas a la llegada de los conquistadores españoles, a comienzos del siglo XVI, había nadado); sino que además formaba parte del primer sistema hidráulico implantado en el México Prehispánico.

Por la forma como le contaba, Margarita tuvo curiosidad por conocer ese sitio y hasta imaginó al mismísimo emperador Maximiliano de Habsburgo y al General Díaz, disfrutando de esa zona que desafortunadamente había desaparecido al secarse los manantiales; pero que aún así hizo que Fernando le prometiera le llevaría a conocer.


El vehículo tirado por caballos llegó por fin a la parte alta del Cerro del Capulín y afuera de la puerta principal ya los esperaba una comitiva importante de gente, encabezada por el General Díaz y su distinguida esposa: Doña Carmelita Romero Rubio.

En cuanto ambos jóvenes bajaron del carruaje, los abrazos y las palmadas en la espalda no se hicieron esperar en señal de bienvenida para el joven doctor e hijo único de uno de los entrañables amigos del general: El Dr. Gustavo de Iturrigaray.


El General Porfirio Díaz y su esposa Doña Carmelita Romero Rubio.

Al parecer ellos eran los únicos que faltaban en llegar para dar por iniciada la tertulia; mientras Fernando se perdía estrechando la mano de algunos de los invitados de El General, entre los que se encontraban algunos miembros de su familia, colaboradores de su gabinete, gente de sociedad y personas importantes; Doña Carmelita se desvivía en atenciones y halagos para Margarita.

Antes de que la señora de Díaz cayera en una letanía de adulación referente a la buena elección por parte del joven Doctor de Iturrigaray; El General consideró que era prudente presentar a sus dos últimos invitados con la gente que ya se encontraba ahí –y que aún no los conocía- y entre quienes destacaba la presencia de Salvador Toscano.


Salvador Toscano.

Genuina y transparente como era, Margarita no pudo disimular la emoción que le provocó la sorpresa de encontrarse en aquella reunión con uno de los personajes que ella más admiraba; puesto que El Ingeniero Toscano, era reconocido en esa época por tener el mérito de ser el primer mexicano en aventurarse a operar una cámara cinematográfica y convertirse así en el primer director mexicano de cine.

Acostumbrada a informarse de todo cuanto sucedía a su alrededor, Margarita leyó desde siempre muchas cosas sobre él y podía decirse que estaba al tanto de toda su trayectoria. Al momento en que él le besaba la mano en señal de respetuoso saludo y mientras con toda la galantería y gallardía (que caracterizaba a los hombres de esa época), él le expresaba algún cumplido sincero referente a su notoria belleza; Margarita le profesó su admiración y el gusto que le daba conocerlo.

Pero no era el lugar ni el momento para entablar conversaciones… Así que una vez que la comitiva de bienvenida terminó, todos entraron al castillo y mientras terminaban los preparativos para servir la primer comida que ofrecerían a los invitados, Doña Carmelita, que como anfitriona “reunía cualidades capaces de rendir el corazón más exigente”, se ofreció a realizar un mini-recorrido, con la intención de que sus invitados en lugar de permanecer tanto tiempo sentados y esperando, conocieran las instalaciones de ese castillo que ahora su familia utilizaba en verano.



Así fue como tomada del brazo de su prometido y guiada por la voz de su anfitriona, Margarita quedó maravillada con la belleza de aquel lugar… Escaleras adornadas con figuras doradas, la arquitectura del edificio y la solidez de sus muros le hablaron de la magnificencia de otras épocas.

Mientras avanzaban por salones y habitaciones que todavía conservaban algo de la esencia de los emperadores de la casa de Austria, la Sra. Romero de Díaz; les explicó con lujo de detalle, que fue el Secretario de Hacienda y Crédito Público: José Ives Limantour, quien estuvo a cargo de varias modificaciones que se habían hecho a ese castillo que ahora ellos habitaban.

Entre ellas estaba la construcción de un elevador, que cuando avanzaron un poco más y se ubicaban ya a una distancia prudente de sus anfitriones, Fernando aprovechó para acercarse y susurrar al oído de su prometida, que eso de lo que ahora tanto presumían, había sido un error lamentable, pues en ese lugar había existido en el pasado, un adoratorio Mexica que había sido destruido para poner el elevador en su lugar.


Maximiliano de Habsburgo.

Doña Carmelita no dejaba de hablar de lo finísimo que era cada objeto que adornaba los rincones de aquel inmueble: los pianos, tibores, las vajillas de porcelana y de plata Christofle; y hablaba con gran dominio del origen de los tapices, relojes de mesa, además de los óleos con los retratos de Carlota y Maximiliano.

Objetos que en conjunto, además de hacer de la parte del Alcázar un verdadero palacio; eran también pruebas “tangibles” que reflejaban hasta cierto punto como había sido en realidad la vida de la pareja imperial.


La casa Cesar Scala de Milán elaboró este carruaje en 1864. En ocasiones Maximiliano y Carlota recorrieron el Paseo de la Emperatriz en él. Estilo barroco con molduras de plata y bronce, con esculturas de niños y ángeles, esta carroza nos llena de sueños esplendorosos de tiempos pasados.

Todos los invitados recorrieron juntos una a una las habitaciones, incluido el salón de carruajes en el que todavía se encontraba un vehículo que en otro tiempo fue utilizado por ellos, pero tanta ostentación y lujo tal vez ocultaban una realidad muy triste…

A esa conclusión llegó Margarita, quien al parecer fue la única persona capaz de percibir todo eso… Fernando lo notó, cuando rodeados de mármoles, gobelinos, sedas y rasos, llegaron hasta el área donde se ubicaban un par de pianos que pertenecieron a la pareja imperial…

En ese lugar Margarita se quedó rezagada cuando el resto de los invitados se fueron siguiendo a Doña Carmelita, a quien un empleado de la servidumbre le avisó que en breves minutos podían pasar por fin al comedor y entonces ella decidió dar por terminado el recorrido, para ofrecerles mientras esperaban, una bebida de la reserva especial, servida en finísimas copas de Baccart.

En el Salón de los Gobelinos, se encuentra un piano inglés Collard & Collard, y al fondo un piano francés de la casa Phillipe Henri Herz Neveu & Cie fundada en 1863. Ambos pertenecieron a los emperadores.

Ya desde el Salón de Carruajes, él percibió un aire de nostalgia en los ojos de su novia, y ya en esa parte de El Castillo, fue capaz de adivinar –sin que ella le dijera nada- que algo ensombrecía su interior, pues mientras que el resto de los invitados quedaron maravillados por la marcada influencia europea que era visible en cada rincón de aquel lugar y que para todos ellos era sinónimo de clase y buen gusto; Margarita al posar su mano sobre la tapa de madera que cubría uno de los pianos, para acariciar levemente lo que silenciaba desde hace tiempo a las barras de marfil blancas y negras, demostró que su espíritu sensible la había llevado a visualizar algo más allá.

Fernando la abrazó rodéandola por la cintura, y apoyando su barbilla sobre el hombro de ella le preguntó: ¿en qué cosa pensaba?... Ella le respondió que desde el primer instante en que pisaron esa parte de El Castillo, la imagen de Carlota no se había apartado de su mente; y a pesar que él conocía de sobra la historia de la Emperatriz, en palabras de su prometida fue capaz de imaginar a la perfección y de un modo distinto a como estaba acostumbrado a una mujer que solamente en ese cuadro colocado en la pared conservaba intacta la belleza y juventud que le caracterizaron.


Carlota de Habsburgo, Emperatriz Consorte, esposa de Maximiliano.

Ambos se quedaron abrazados mirando de frente al cuadro, y Fernando se aventuró a preguntarle: ¿si ella creía que Carolta había sido feliz?... Margarita suspiró, y a pesar de la desventurada historia que envolvió a esta pareja, en la que su reinado como emperadores fue un mero “espejismo”; y la joven emperatriz enloqueció, (luego de que Maximiliano fue pasado por las armas en El Cerro de Las Campanas, en Querétaro, Qro.).

Margarita se limitó a responderle simplemente que una mujer que fue capaz de cruzar el océano para seguir a su marido, quien a su vez mandó construir para ella a la orilla del Adriático un palacio blanco que miraba al mar y vivir junto a ella, en un castillo inmenso como ese, que ofrecía una vista hermosa al valle y a los volcanes cubiertos de nieve, no podía ser otra cosa más un amor inmenso.

Fernando le dio la razón y entonces ella le explicó el motivo de su repentina tristeza… Ni las rosas que perfumaban de una manera exquisita a aquellas habitaciones eran capaces de disfrazar el sentimiento de vacío que provocaba saber cómo terminó aquella mujer que en sus venas llevaba sangre real.

Ella le dijo, que después de la muerte de su esposo se sabía en realidad muy poco... Fernando coincidió con ella en que mucho se había especulado sobre la causa que propició que Carlota perdiera la razón; sin embargo el sorprendido fue él, cuando Margarita no sólo le habló con lujo de detalle de algunos de esos rumores.

*Algunos decían que Carlota, vivía ahora en el exilio en el Castillo de Miramar, en Trente, Italia; lugar donde tenía un muñeco llamado Max y que ya en su demencia, tocaba el himno nacional mexicano en un piano.

Se decía también que le suministraron bebidas a propósito para volverla loca, y el rumor más oscuro era aquel que giraba en torno a una supuesta maternidad… Existía la teoría de que la causa de la locura de esta mujer fue provocada por una herbolaria de la Cd. de México, a quien Carlota recurrió buscando ayuda para poder concebir.

Llevaba oculta su identidad con un velo, pero la herbolaria, partidaria de Benito Juárez, la reconoció y le recetó “Teyhuinti”, bebida conocida también como “la carne de los dioses“, y no era otra cosa más que un tónico que concentraciones altas, era capaz de producir un estado de locura permanente…

Ambos se sobresaltaron cuando un empleado de servicio los sacó de ese estado de reflexión sobre la vida de esta mujer que en otro tiempo hizo de ese castillo también su casa.



Era tiempo ya de reunirse con el resto de la gente en el comedor principal, para degustar el banquete que El General Díaz y su esposa tenían preparado para todos sus invitados y sin decir nada, se alejaron tomados de la mano, de esa habitación en la que de aquellos monarcas sólo quedaba una esencia plasmada en un par de cuadros adornando la pared.

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Continuará…